Puerto Colombia: placer y descanso en el Caribe Sur

Un lugar ideal para vacaciones de verano, cuando el año ya vivió algunos meses

Bajamos del automóvil y respiramos el Caribe. Me dije, ahora sí llegué a Venezuela. Las calles angostas y el color se te metían por los ojos. De las pequeñas casas y hospedajes nos llegaba una música alegre, de esa que va entrando por los oídos, se te sube a la cabeza, y sin darte cuenta te pone a mover el cuerpo. Las caderas se meneaban a un ritmo que creíamos imposible. Nos penetró el olor a comida de mar: pescados y mariscos. Respiramos. El aire marino y el calor se condensaban y nos abrazaba.

Hacía un par de días que Caracas nos arropaba, pero no terminábamos de sentirnos a gusto. Nos faltaba la playa para aplacar el clima de la gran ciudad. Decidimos cambiar de rumbo, y correr hacia el mar. Tomamos un colectivo en la terminal de ómnibus La Bandera, rumbo a Maracay. A 40 minutos de esa ciudad, nos encontraría la tranquilidad del Caribe sur y la calidez de su gente.

Buses de colores con vallenato como cortina musical, son el medio de transporte más común y económico para ir hasta la costa. Pero esta vez, tuvimos que tomar un auto para llegar a destino: Puerto Colombia nos esperaba.

Compartíamos el automóvil con un muchacho de unos 14 años y una señora de 60. El calor húmedo seguía siendo el clima imperante, y el aire acondicionado brindaba un gran alivio para nuestros cuerpos cansados. El chofer se debuto en lo que parecía la entrada a un parque, apagó el aire y pidió que abriéramos las ventanillas. El aire fresco entró al vehículo, y sentimos el placer del olor a la naturaleza. El Parque Nacional  Henry Pittier es el camino obligado que conecta Maracay con la ciudad de Choroní. Atravesarlo mediante los angostos caminos de curvas y contra curvas es de los grandes placeres viajeros que he tenido. La naturaleza que se desplegaba a nuestro alrededor era de una belleza antigua y milenaria. Un bosque selvático nos rodeaba mientras atravesábamos las montañas. Grandes palmeras, árboles anaranjados que trepaban hacia  el cielo, plantas de colores, inmensos cañaverales. Escuchábamos cantar a los pájaros, hay más de 500 especies diferentes, pero no llegábamos a verlos. Nos dijeron que los monos y osos hormigueros tenían un lugar entre tanta vegetación. Por momentos creía que un ave de gran tamaño podría aparecer, como un pterodáctilo en el período Jurásico, volando sobre nosotros. La inmensidad de ese espacio natural nos iba acercando a la tranquilidad de un viaje soñado.

Casas y tiendas precarias van apareciendo al costado de la carretera. Pequeños ranchitos de madera, con galerías, hacen las veces de restoranes al paso. Algún viejo nos mira al pasar y levanta la cabeza como saludo. La señora y el muchacho bajan antes de llegar a la ciudad, y se pierden por las callecitas que comienzan a aparecer en la montaña selvática. Hacia el final del recorrido, cruzamos Choroní, pequeña ciudad de no más de 5 mil habitantes, fundada hacia 1616.

Siguiendo el río Tipiré, que costea el camino, nos fuimos adentrando al pequeño poblado de Puerto Colombia: calles estrechas, casas de colores, cumbia centroamericana. Eran cerca de las 5 de la tarde, y el sol comenzaba a ocultarse. Las calles tenían una alegría particular, y a los lejos el mar prometía el descanso.

Puerto Colombia

En marzo el sol sale alrededor de las 6 am en Puerto Colombia. Es temporada baja, pero el calor es bueno para quienes vivimos inviernos cercanos al bajo cero. La costa venezolana nos esperaba con promedios de 23° C, en lo que sería de sus temperaturas más bajas del año en esa zona.  Las 8 am es un buen horario para acercarse a las playas. A través de caminos que se recorren a pie se tiene acceso a Playa Grande. A los lados, algunos puestos y tiendas de comida van guiando nuestro recorrido.   

La arena dorada es cuna del mar, que junto a las montañas y palmeras nos deslumbra con su belleza.  Al agua acaricia las playas y rompen las olas sobre las piedras. Algunas nubes cubren las cimas rocosas, que junto a la bruma marina genera un clima ideal para disfrutar de la mañana. El sol nos llega suavemente, el agua es cálida y no hay viento.

Como en una postal, las palmeras se recuestan sobre las amplias playas, mientras las montañas son el marco que dan una forma especial a la costa. Dos paisajes se resumen en uno: las cadenas rocosas sumergiéndose en el agua salada, el mar penetrando la tierra.

Malecón

El poblado de Puerto Colombia llega hasta la costa. Sus callecitas coloridas desembocan en el malecón. Desde allí, el mar se acerca a besar al pueblo. Viejos cañones apostados sobre la escollera,  observan incansablemente el avance y retroceso del agua, custodian los botes pesqueros, y festejan las hazañas de los surfistas.

A la izquierda, infinitas parecen las montañas que una tras otra abrazan el mar, mientras se funden, dejando a las palmeras descansar en la orilla.  A la derecha, vemos al río bajar hasta ser uno con el agua salada, mientras sostienen decenas de botes de colores que esperan salir con sus redes. Caminar por la callecitas de Puerto Colombia al atardecer es acogedor, es transportarse a otro mundo sintiéndose realmente alegre. Pasear allí, es como llegar a casa después de un largo día. 

Ascendiendo a la cima de una pequeña colina, el Cerro de la Cruz, tenemos una vista panorámica desde lo alto. Los tejados, los botes, los pájaros sobrevolando la orilla. La bruma se va colando, y como un manto nos cubre. El calor sube hasta allí. Son cerca de las 6pm y va llegando la noche. Con una cerveza fría, vemos al pueblo abrir sus ojos, las luces de las callecitas se encienden y la música se escucha desde lo alto. Algunos ya están preparando la cena, mientras otros tienen listo el ron con cola. A lo lejos, un barco de carga sigue su ruta, ignorando que lo observamos.

El día y la noche después de la playa

El horario de playa en temporada baja es de 8am a 4pm. La cena se sirve cerca de las 7pm, por lo que nos queda un margen para pasear. Las callecitas del pueblo tienen un encanto especial: resabios del estilo colonial español pincelados de colores latinos. El arco iris parece haberse detenido en estas ciudades para acompañar el clima y el humor alegre de la gente. Subir y bajar, izquierda y derecha, mapa irregular de pueblo costero junto a la montaña. 

La iglesia se coloreó de un celeste casi turquesa, y sostiene una pequeña cruz que apenas nos indica la inclinación católica del pueblo. Los automóviles se mueven apretados en estrechas calles que parecen peatonales, y las veredas se pierden junto a las calles, siendo unas la continuación de las otras.

Llegando hasta la costa, sobre el malecón, algunos puestos de artesanos lugareños y extranjeros nos ofrecen sus trabajos. Luego de la cena, podremos deleitarnos con el sonar de los tambores y danzar al ritmo de ellos. El mar, yendo y viniendo a romper junto a nosotros, incansablemente. Algún surfista trasnochado todavía permanece en el agua, disfrutando de las olas, iluminado por la luna.  

Chuao

Junto a los botes de pescadores, unas lanchas son el medio de transporte que nos lleva hacia las playas vecinas. La única manera de llegar a ellas, es por mar.

A pocos minutos de Puerto Colombia, formando parte del Parque Nacional Henry Pittier, nos encontramos con  Chuao, Aldea Quemada, un poblado conocido por su producción de cacao.

Las amplias playas doradas y el agua cálida, son el complemento ideal para el descanso. De vez en cuando algún cangrejo se asoma entre la arena y nos observa  recostados sobre ella. El clima en esta época del año nos da lugar a estar al sol sin sufrir calor agobiante. La temperatura y tranquilidad del mar nos permite pasar un tiempo prolongado nadando o disfrutando de las olas.

Gastronomía y hospedaje:

Tanto Puerto Colombia como los pueblos cercanos, cuentan con variedad de hospedajes. Las posadas son el modo más común de alojamiento en la zona, ofreciendo habitaciones confortables y servicio de gastronomía.

Como en toda ciudad costera, se ofrecen platos con pescados frescos y frutos de mar. Cuentan con restoranes, bares y hostales donde se puede degustar todo tipo de comidas típicas: tapas y cazuelas, empanadas fritas, arepas, cachapa, pabellón. La harina de maíz suele estar presente en las preparaciones regionales. Tostones y patacones -plátano cocido-, arroces y porotos negros acompañan las carnes. En la playa se puede disfrutar de las colea, una masa crocante, a la que se le agrega dulce, chocolate o leche condensada.

Textos y fotos: Julieta Salemme

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