Auroras boreales

Un halo verde, azul, rojo o multicromático reta la oscuridad nocturna y, sin mucho esfuerzo, su brillo se consagra. Así son las aurora boreales.

De pronto, en sintonía con la fría atmósfera que domina el ambiente, el cielo comienza a exhalar colores. A diferencia de otros grandiosos fenómenos naturales, por ejemplo el arcoíris, ellas no respetan carriles ni formas agendadas, simplemente se desdoblan en cuerpos inesperados, bajo una coreografía siempre inédita. Su estructura tiende más al aliento que a la figura geométrica, y su espontáneo colorido generalmente toma por sorpresa aun a aquel que las espera –quizá esta afinidad con el caos, que nos remite a una liviana libertad, acentúa su esplendor.

Más allá de un acercamiento “poético”, este ejercicio se trata de recorrer información textual, visual y sonora, alrededor de uno de los espectáculos más sublimes de la naturaleza. Así que a continuación trataremos de envolvernos en un viaje multimediático por las causas, la naturaleza y las distintas manifestaciones de las auroras.

 

Norte profundo

En las latitudes más próximas al Polo Norte es frecuente la aparición de estas luces. El norte de los países escandinavos es uno de los mejores sitios para verlas, así como la región de Fairbanks, en Alaska, algunos puntos del noroeste de Canadá, Islandia, y Groenlandia, entre otros. Sin embargo, las tormentas solares no sólo intensifican la frecuencia de este fenómeno, también permiten que pueda ser apreciado en regiones más bajas, por ejemplo a la altura de Boston o Nueva York. 

* El equivalente de estas luces en regiones cercanas al Polo Sur, son las llamadas auroras astrales. 

 

El ‘azar’ a favor de la estética

El engranaje implícito detrás de una aurora boreal involucra una notable cantidad de elementos: vientos solares, corrientes eléctricas, campos magnéticos y, quizá, algo de ventura a favor de la belleza. En términos más o menos simples, las auroras emergen a partir de este proceso: los vientos que emana el sol, tras viajar durante unas 40 horas, llegan a la Tierra y se someten a los flujos magnéticos que emite el centro de nuestro planeta, para luego deslizarse a la magnetósfera y fluir. Una vez ahí, los electrones se encuentran con átomos de oxígeno y nitrógeno, y gracias a esta interacción es que se gestan los coloridos halos. 

 

Delirio colorido

Dependiendo de la altura a la que se dé el encuentro entre partículas cargadas y átomos, y si estos últimos son de oxígeno o nitrógeno, se definen las tonalidades que irradiará el aliento. Las auroras verdes evidencian que un electrón golpeó un átomo de 0 a 150 millas de distancia, si el choque es más lejano a nuestra ubicación entonces serán rojas, mientras que las azules anuncian el encuentro con un átomo de N a unas 60 millas de altitud, y las violetas también involucran ese mismo elemento, sólo que a una distancia mayor.   

 

Estructura danzante

Uno de los aspectos más encantadores de las luces del norte es su movimiento. Los halos jamás dejan de moverse, reforzando la percepción de un cielo que exhala. Esto se debe a que las reacciones antes descritas están permanentemente variando, lo cual dota a la aurora con ese hipnótico movimiento. 

 

Mitología y cultura popular: 

El nombre de este fastuoso fenómeno se debe a Aurora, la diosa romana del amanecer, mientras que en la mitología escandinava se asocian a las Valkyror, vírgenes guerreras ataviadas con armaduras, que al galopar sobre sus inquietos corceles van despidiendo chispas que iluminan la bóveda celeste.

Entre los inuits, habitantes del extremo superior de Norteamérica, las auroras boreales son veneradas como parte del discurso sagrado (aunque en realidad todo lo natural integra para ellos esta misma retórica). Y existe la creencia de que si les silbas a las luces, o te quedas demasiado tiempo observándolas, “te quitarán la cabeza y jugarán con ella”.  

 

Sonidos 

Cualquier fenómeno que se pueda registrar en este universo libera información. Y esta data, mediante los procesos adecuados, puede traducirse a un formato perceptible para nuestros oídos (como la música de los planetas, o también los sonidos emitidos por plantas). Stephen P. McGreevy, dentro del proyecto Natural Radio, documentó el sonido de distintas auroras que aparecieron en Canadá y Alaska. Básicamente captó las ondas electromagnéticas presentes durante estos fenómenos y las tradujo mediante un receptor ELF-VLF. La grabación se realizó utilizando un equipo McGreevy WR-3, con un receptor WR-4b E-Field VLF, y una antena vertical de tres metros.

La música producida por las auras boreales se manifiesta en forma de complejas texturas que dan vida a una especie de caos sonoro dentro del cual, sin embargo, puede intuirse una intrigante narrativa.


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